CONTINÚA EL FESTIVAL DE TEATRO SALA B – 2017
Ciudad y Territorio Farándula Intelectualadas Noticias XucesoEstreno : MIRADA DE AVESTRUZ, 10 artistas en escena.
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Robert McKee regresa a Colombia, ahora con su seminario "GÉNEROS"
Bajo la Mole Ciudad y Territorio Farándula Intelectualadas Noticias nuestros Otros Opinadores
Después del éxito absoluto de su seminario STORY en marzo de 2011, Robert Mckee el maestro de guión más importante del mundo, regresa a Colombia con su segundo seminario GÉNEROS.
Durante cuatro intensos días, el maestro de más de 35 ganadores del Oscar de la Academia y de más de 170 premios Emmy, compartirá con nosotros los elementos de estructura y sustancia necesarios para construir con éxito guiones sólidos en cuatro de los principales GÉNEROS cinematográficos en la historia del séptimo arte.
El Terror, El Suspenso, La Comedia y por supuesto El Romance, serán presentados como sólo Mckee sabe hacerlo, con la claridad, la suficiencia y la profundidad necesarias, dedicando un día entero a cada uno de ellos para lograr el nivel del reflexión e ilustración necesarios que permitan apropiarse de sus herramientas narrativas y aplicarlas a nuestros propios proyectos en desarrollo.
Si ya viviste la experiencia Mckee en escena, te esperamos para compartir un viaje inolvidable por estos cuatro GÉNEROS y todos sus secretos narrativos, si no pudiste asistir la primera vez ésta es tu oportunidad de escuchar en vivo a Robert Mckee y comprobar lo que han vivido más de 55.000 alumnos en París, Londres, Tokio, Estocolmo, Sidney, Bogotá, Sao Paulo y muchas más ciudades a lo largo de 25 años de dictar los mejores seminarios de guión alrededor del mundo.
¡¡Nos vemos en GÉNEROS COLOMBIA 2012!!
Si te interesa ir, escribe pronto y te contactaremos para rápidamente puedas garantizar no perder esta experiencia.
El Quijote que fue Sancho
Bajo la Mole Ciudad y Territorio Intelectualadas La Candelaria Noticias nuestros Otros Opinadores
Fernando Peñuela fue encontrado en su apartamento de Teusaquillo sin vida. Durante muchos años, este actor y director estuvo vinculado a las obras del teatro La Candelaria.
La función siempre tiene que continuar. Pero, incluso, en los ‘siempre’ hay excepciones y esta fue una de ellas. El teatro La Candelaria, que este año llegó a su aniversario número 45, tuvo que cancelar su presentación el jueves pasado porque ese día Fernando Peñuela, uno de sus actores más emblemáticos, murió. Su hijo, Sebastián, fue el encargado de dar la triste noticia: había encontrado el cuerpo sin vida de su padre en su apartamento, ubicado en el barrio Teusaquillo, en Bogotá.
Santiago García y Patricia Ariza tomaron la decisión de aplazar la función de esa noche, por la partida de un amigo y, además, porque en el montaje de El Quijote, Fernando Peñuela tenía la misión de representar el rol de Sancho Panza. Un Quijote sin Sancho sería un despropósito, y el teatro La Candelaria es un escenario muy triste sin la presencia de una de sus más carismáticas figuras, porque no cualquiera tiene el despliegue y la gracia para representar al más fiel escudero de habla hispana.
Fernando Peñuela, bogotano, bachiller del colegio San Luis Gonzaga y experto en la bohemia teatral de la capital, así como obsesivo por la filmografía de Rainer Werner Fassbinder, tenía esa condición particular para que le asignaran los personajes más caricaturescos pero, a la vez, los más exigentes histriónicamente.
Además de caracterizar a Sancho, este actor ya había tenido roles impactantes como en el montaje Guadalupe años 50, en el que se atrevió a cantar en público, lo que le representó un reconocimiento importante. Con esa experiencia, se le midió a hacer un dueto de boleros con César Badillo en la obra El paso. A partir de ese momento se interesó por la dirección escénica y comenzó a colaborar de lleno en algunas puestas en escena en las que influyó en la creación, en el proceso de elaboración del texto y, finalmente, en la dirección.
Peñuela tenía la habilidad, la disposición y el interés de realizar varios montajes simultáneos. Durante una época participó en La trifulca, dirigió y actuó en La trasescena y, además, tomó clases de batería para seguir perfeccionando el oído, por si se le presentaban nuevos retos relacionados con la música, otra de sus pasiones. Siempre fue aficionado a José Alfredo Jiménez y Agustín Lara.
Cuando no estaba en las tablas, era porque debía cumplir horarios en extensas jornadas de grabación para televisión. En este campo se recuerda su aparición en la telenovela La hija del mariachi, en la que interpretó a Don Memo. Luego de cumplir con su agenda, le daba gusto al alma asesorando grupos aficionados de teatro. Allí exploraba su alma docente y trataba de contagiarle a sus dirigidos un poco de esa devoción que él sentía por la actuación, exigente actividad para la que la función casi siempre debe continuar, así a veces no sea posible.
Juan Carlos Piedrahíta B. | Elespectador.com
23 Sep 2011 - 11:08 pm
Fragmento Escrito del actor, director y dramaturgo Fernando Peñuela (QEDP)
Nayra (La memoria). Crónica desde las entrañas
I - LÁGRIMAS
¡Qué vaina!, pensé en el último minuto, se me salieron las lágrimas. Fue inevitable, pero ya estando en esas no podía hacer nada. ¿Qué pensaría el público, qué estaría diciendo el maestro Santiago García para sus adentros? Qué vaina, hubiera querido controlarme pero fue imposible, estaba muy nervioso y emocionado, era el último minuto que condensaba en el encuentro con el público un periplo de experimentación teatral emprendido por nosotros, miembros del Teatro La Candelaria, casi dos años atrás.
Para mi consuelo, luego en los camerinos pude constatar que los míos no eran los únicos ojos aguados, que casi todos y todas estaban consternados y desconcertados.
Pero claro, a posteriori habría que controlar esa carga emotiva, manejarla con destreza como actores y actrices, para que la confrontación experimental con el auditorio no se convirtiera en acto peripatético ni melodramático que se quedara en el simplismo del llanto y el desborde emocional, sino en una actitud muy sincera, sentida y de conmoción pero apelando a la reflexión y no al sentimentalismo barato, que fácilmente podría llevar la obra a otros estadios de percepción y a otros caminos de sentido y significación. En la misma tónica se orientaron los comentarios del maestro García luego de los primeros tanteos con el público, sin citar ni endilgarle a nadie el asunto de las lágrimas. Era delicado, teníamos que ser muy cautos en el manejo de la emoción y el sentimiento, sin descuidar en ningún momento la energía de alteración que requería esta obra en particular.
Luego de la primera impresión, la sorpresa fue mayor cuando constatamos que muchos de los espectadores habían llorado a moco tendido y no tenían palabras, o aquellos que iban a hablar irrumpían en llanto.... Dije muchos, no todos....
Fernando Peñuela, un gran aplauso para vos, misión cumplida. Teatro Candelaria Fernando Peñuela caos decacaos Quijote muerte fallecimiento suicidio hija del mariachi Material Gráfico: Teatro La Candelaria Videos: Caracol Noticias Textos:Juan Carlos Piedrahíta B. | Elespectador.com
Joe Arroyo: La muerte de el Centurión de la Noche
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Ya se ha contado lo suficiente de la primera parte de aquel crucial capítulo, que había transcurrido entre el día de las brujas de 1983 y este carnaval de 1984. Joe Arroyo —como si su marca de nacimiento fuera la supervivencia— había escapado a las volandas de una gravísima crisis de hipertiroidismo, en el Hospital Universitario de Cartagena, reemplazando con creces a Oscar de León en una caseta de Barranquilla. De aquellos momentos había surgido una de sus más vibrantes composiciones, *Tumbatecho*, que el artista llevó a su presentación en el Festival de Orquestas.
Tan delgado que se hacía irreconocible, muy distinto a aquel mulato corpulento que había adquirido celebridad con Fruko y sus Tesos, Joe Arroyo cantó con su voz intacta, logrando llevar al público a un estado de paroxismo sin precedentes en la historia del evento. Joe era en ese instante un canario lastimado, huesudo y sin lustre en sus plumas, que lograba sacar de adentro el trino majestuoso de siempre. Eso le valió el tercer congo de oro de su vida y el primero con su propia orquesta, La Verdad.
Al día siguiente, por la tarde, todavía en pleno carnaval, salí a buscarlo por una Barranquilla que ya comenzaba a aplacar su frenesí carnavalero. No recuerdo cómo fui a dar al famoso castillo, que en realidad era una casa muy vieja y destartalada, en la que no había un solo mueble. Alguien debió decirme que Joe vivía allí. El artista, proclive a la reclusión, salió y me atendió. Firmó un autógrafo para los lectores de EL HERALDO y dijo sentirse agradecido por el respaldo del público en el Coliseo Cubierto "Humberto Perea". Luego lo vi caminar lentamente, con la majestad de un rey, a su ruinoso castillo.
Años más tarde, en una de muchas conversaciones que sostuvimos, ya en su cómodo y refrigerado caserón de la carrera 38, —su verdadero palacio— Joe Arroyo me relataría un cuento fabuloso del castillo de Boyé, la vivienda de los años bohemios, epicentro de rumbas memorables. Según Joe, en cierta ocasión transcurría allí un fiestón, con la presencia de grandes figuras de la música. Recuerdo que Joe citó varios nombres célebres que para la época ya debían estar fallecidos, incluyendo a Ismael Rivera. Pero Joe no era precisamente un dechado en rigor histórico. Su mente le daba para todo y lo esencial del cuento —pude comprobar después— era cierto.
En lo mejor de la rumba, la cual transcurría en medio de una densa nube de sospechoso humo de color oscuro, alguien desde la ventana vio una patrulla de la policía parqueada y a un par de agentes que caminaban directo hacia la casa. El ‘campanero’ dio la alarma y todos los presentes salieron huyendo hacia el patio, volándose la paredilla y desapareciendo del lugar. Sólo quedó allí la dueña de la casa, quien desde la ventana atendió a los policías con
expresión inocente y casi estalla en risas cuando los escuchó decirle:
—Doña, ¿nos regala una jarra con agua para el radiador de la patrulla?
Joe contaba la historia con esa risa burlona que le era inherente, como si no se acostumbrara nunca a los extraordinarios sucesos de su propia vida: los tiempos en que durante el día era el niño prodigio que hacía solos en la coral de la Catedral de Cartagena, mientras que por la noche entonaba boleros y sones en los prostíbulos de Tesca, hasta que el profesor de química del colegio, conocido como "El meteorito", acudió a uno de esos antros y lo sorprendió en el escenario; o —muchos años después— la grabación del video de "Homenaje a Irene Martínez", ya después de tantos Congos y
Supercongos, el instante fatídico en que el Joe se negó a ponerse unos lentes de contacto de ultratumba en los que Sony Music había gastado mucho dinero para que su caracterización de "Hombre lobo". ("¡Uy, zona, esa vaina me puede dañar los ojos", decía Joe mientras los productores intentaban convencerlo de que no desechara aquella costosa pieza de su maquillaje.)
Resumir la vida de Joe Arroyo en cualquier obra literaria o televisiva será siempre una tarea difícil. Quizá hay vidas más simples, más sintetizables, que no marquen tan categóricamente la diferencia entre lo que se puede y no se puede contar, entre la paradoja de aquella humarada sin fin y la elocuente devoción cristiana; entre la calidez de la amistad sincera y sus súbitos afanes de confinamiento. Los 55 años que vivió Joe Arroyo, desde los tiempos en que hacía resonar su voz sublime en el tanque con el que cargaba agua en el pozo comunal del barrio Nariño, hasta su misma muerte, que no fue sino una última triste verdad en medio de una ola de viejas falsas noticias, fueron intensos. Pero el desparpajo jamás lo perdió, ni siquiera cuando regresó a su casa después de una de sus últimas hospitalizaciones y se refirió a su falso fallecimiento, uno de muchos ‘blackberrycidios’:
—Cuando me muera les pongo un pin.
De allí que es plenamente posible que —desde donde nos observa llorarlo— Joe mantenga su silenciosa risa sarcástica. En mi memoria quedan todos esos
Joes: el que ensayaba desafiante con la insólita decisión que había tomado, de hacer un *cover *de la balada *Bella sin alma*, de Ricardo Cocciante; el
que lloraba con sollozos de niño luego del horrendo atraco a que fue sometido en su propia casa, junto a su familia; el que hacía equilibrio en una canoa del río Magdalena, mientras cantaba su chandé jubiloso *Llanto ven, llanto va*; el que escribía canciones con letra de colegial, en una libreta rayada, alternando con pequeños tragos de vino, a la hora de la madrugada en que el resto del mundo perdía el tiempo durmiendo.
Era su versatilidad, la misma que conocimos en su música, esa que lo llevaba a componer igual un cumbión de alabanza que una salsa de insurrección de
negritudes. Eran las múltiples maneras de expresarse de un solo ser integral: un ser grandioso, de esos que sólo nacen una vez. Un hombre que, al irse ahora de verdad, y sin que todavía nos haya puesto aquel pin, parece estar más vivo que nunca.
Ernesto McCausland
EL HERALDOhttp://www.elheraldo.co/tendencias/el-joe-que-yo-conoc-30966
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