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Pepe Mujica, un revolucionario tranquilo Por: JuanCarlos Monedero

Pepe Mujica, un revolucionario tranquilo Por: JuanCarlos Monedero

jueves, mayo 15, 2025 Add Comment

Por: Juan Carlos Monedero*

 Anoche, y mira que somos hombres ya grandes, nos hablamos a ambos lados del charco y lloramos. Hay vacíos que enfadan porque sabemos que no se rellenan fácilmente.

Conocí al Pepe por su generosidad. Se había leído el Curso Urgente de Política para gente decente, Podemos estaba arrancando desde las plazas, le gustaba nuestra música y quería que nos conociéramos. Aproveché un viaje a Buenos Aires para cruzar a Montevideo a verle. Yo quería preguntarle cómo se hace un Frente Amplio.

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Nos encontramos muchas veces, siempre con Lucía Topolanski, su compañera de lucha y de todo, cuyo vacío hace al nuestro muy pequeño.

El Pepe ha tenido tiempo de despedirse porque no se aferró al poder. Y los homenajes han sido en vida, como debe ser. Inteligente porque cuanto más das, más recibes. Hasta ha tenido que decir que le dejaran morirse en paz, con tanta visita que parecía la chacra un santuario de Lourdes de izquierda y de algunos oportunistas.

La primera vez que le vi en su chacra ya anunció que se iba. Allí, antes de la cena, le comenté mi idea de Podemos y que tenía que ser un Frente Amplio para poder juntar tantas ideologías dispares apenas unidas por un ligerísimo aire de familia y que era necesario que no nos dispersáramos.

Cuéntame Pepe cómo se hace un Frente Amplio. Agarrándome del hombro y bajo la mirada divertida de la Lucía me dijo: “Mira Monedero, el Frente Amplio es más amplio que frente”.

Listo. Unir a la izquierda no iba a ser fácil. Le gustaba que en Podemos estábamos lejos del dogmatismo y, al tiempo, teníamos firmeza ideológica, cuando lo fácil, y es la deriva tradicional de la izquierda, es que seas incoherente ideológicamente en virtud de donde estás en cada momento y de cómo te va personalmente,  pero seas, para compensar, profundamente dogmático.

El Pepe ha sido enormemente coherente. Pero aceptaba que no siempre tenía razón. Una de las últimas veces que nos vimos no nos pusimos de acuerdo en todo. Uruguay, le decía,  nunca ha recibido en los tiempos recientes los ataques que han recibido otros países de la zona. Pero compartíamos que el asedio nunca debe llevar a los gobiernos a cometer errores y ver enemigos internos donde no los hay. Es una enseñanza desde la revolución rusa de 1917. Siempre, lo decías Fidel,  hay que confiar en el pueblo.

Entre 1972 y 1985, Pepe Mujica estuvo bajo custodia militar, rehén bajo amenaza de fusilamiento si sus compañeros Tupamaros cometían actos de guerra. Estuvo 13 años preso condenado por Tupamaro. Porque Pepe Mujica fue guerrillero y tomó las armas en una América Latina donde la represión y las dictaduras empujaron a varias generaciones a poner el cuerpo para conseguir la democracia. Esa pelea no se ha acabado. Como Hugo Chávez, como García Linera, Dilma Roussef,  Gustavo Petro, Carlos Pizarro, Omar Cabezas y tantos otros cambió el fusil por las urnas. Gobernaron sus países, aunque los mismos que les metieron en la cárcel hicieron todo lo posible para que no pudieran gobernar, incluidos golpes de Estado, sanciones y presiones del Fondo Monetario Internacional.

Siempre creyó en la unidad latinoamericana. Me atrevo a decir que en lo que más creyó fue en la unidad latinoamericana.

Le encantó un libro que le regalé de Lorca. El Pepe era también un republicano español. De joven fue ciclista y ese corazón duro le ha aguantado hasta los 89 años. Siempre corriendo y, a la vez, tranquilo, con esa sabiduría campesina que algunos quieren convertir ahora, como hicieron con Mandela, en una caricatura desdentada. Respeten. Pepe Mujica fue guerrillero y eso se queda grabado para toda la vida, porque los compañeros caen en esa pelea.

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Una vez le preguntó Rafael Correa que por qué le habían detenido. Contestó: el soldado que me perseguía corrió más que yo.

Descansa en paz. Sabes que la paz que ya tienes es la pelea que nos dejas de tarea, hasta que nos toque a nosotros descansar en donde estás. A ti fue al primero que le oí eso de caerse, levantarse, pelear, volver a caerse, volver a levantarse, volver a pelear. Nos dejas tarea, Pepe, nos dejas mucha tarea.


*Especial para Telesur.

https://www.telesurtv.net/opinion/monedero-pepe-mujica-revolucionario/

El exterminio de la Unión Patriótica y sus lecciones para nuestros días

El exterminio de la Unión Patriótica y sus lecciones para nuestros días

jueves, febrero 16, 2017 Add Comment

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Este libro narra de manera conmovedora el genocidio de la UP, un hecho desconocido e incluso negado por muchos. Ahora que comienza el posconflicto y que los líderes sociales se ven amenazados, recordar esta historia parece más pertinente que nunca.  



Tatiana AlfonsoTatiana Alfonso* / Razón Pública
Yesid Campos Zornosa
Bogotá: Ícono
2014

Una historia olvidada

Hace varios años, en una clase que dictaba en una universidad privada en Bogotá, decidí discutir el asesinato de los militantes de la Unión Patriótica (UP) como parte de una clase de sociología del derecho. Este ejercicio quería demostrar, entre otras cosas, que muchas de las muertes en el conflicto armado colombiano respondían a patrones sistemáticos de exterminio por razones políticas o económicas. ¡Cuál sería mi sorpresa cuando ninguno de mis estudiantes había oído sobre la existencia de la UP y mucho menos sobre los asesinatos de sus militantes!
En ese entonces encontré el documental El baile rojo en una versión por partes en YouTube. Esto me permitió mostrar a los estudiantes la historia de la UP. Me ocupé por un tiempo de buscar materiales sobre el caso y noté que su desconocimiento no era solo un tema generacional, de posición política o de clase social. Parecía que el país se había ocupado poco de recordar el caso de la UP o quería olvidarlo.
Algunos años después supe que el documental tenía una versión escrita que, con el mismo título, reconstruía la historia del exterminio de los militantes de la UP.  Ahora decido reseñar el libro porque, no obstante el paso de los años, hoy parece más actual que nunca dado que el actual “posconflicto” está siendo  acompañado de violencia sistemática contra líderes sociales que luchan por sus derechos territoriales.

La narración

Cineforo: El Baile Rojo, en memoria por el genocidio a la Unión Patriótica.
Cineforo: El Baile Rojo, en memoria por el genocidio a la Unión Patriótica.
Foto: Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte
El baile rojo es un proyecto escrito y audiovisual que resultó de la iniciativa entre Yesid Campos, autor del libro, y la organización Reiniciar, una de las pocas entidades no gubernamentales que se ha ocupado de esclarecer los asesinatos de los militantes de la UP.
El proyecto es descrito por el autor como el producto de “métodos y técnicas de investigación aportados por la antropología visual” para recuperar, preservar y divulgar la memoria sobre la intolerancia y la violencia política en Colombia. Y el libro se presenta como un estudio de caso de un fenómeno más amplio y generalizado de violencia política en Colombia.
El libro se presenta como un estudio de caso de un fenómeno más amplio y generalizado de violencia política en Colombia. 
Comienza con un prólogo de Gonzalo Sánchez, probablemente la voz más reconocida en   los ejercicios de memoria histórica de nuestros conflictos hoy en día. Sánchez señala que el genocidio de la UP pudo ocurrir gracias a tres rasgos fundamentales de la política colombiana:
  • El sistema de partidos políticos tradicionales que se protege a sí mismo con la eliminación del adversario;
  • La capacidad del sistema político para ocultar atrocidades bajo el manto de la democracia; y
  • La dejación de armas, las amnistías y la participación política de baja intensidad como soluciones al conflicto armado.
Después, el libro utiliza la voz directa de las víctimas para demostrar la existencia de un patrón sistemático de exterminio por razones políticas, el silencio del Estado frente a ello, la impunidad, la impotencia y la inmovilidad política. El libro parte de la idea de los documentos vivos como fuente de la historia. Esto es, las narraciones de aquellos cuyas vidas se cruzaron con la violencia política y sobrevivieron.
Para ello recoge los testimonios de sobrevivientes y familiares de los muertos y desaparecidos de la UP y los presenta en nueve capítulos. La reconstrucción de la historia de cada entrevistado parte de detalles íntimos sobre la manera como vivían los entrevistados mismos o los hijos de los asesinados, para ir mostrando cómo sus vidas se politizaron.
La politización de los militantes que sobrevivieron fue castigada mediante la  intimidación o la violencia. Los familiares entrevistados también sufrieron intimidación y fueron forzados a cambiar el rumbo de sus vidas.  
La narrativa es sencilla para el lector que –en vez de ideas abstractas sobre la guerra- puede  inferir de las palabras de los militantes y familiares lo que el Estado omitía, lo que los agresores hacían, los aliados y agentes de la violencia y el resultado político y personal. En ese sentido, el libro es inductivo, y mientras conmueve al lector por la intimidad de la narración lo invita a sacar sus propias conclusiones.
No todo es inducción, por supuesto. En la introducción el autor contextualiza las historias y explica que la UP surgió en mayo de 1985 como resultado del acuerdo de “cese al fuego, tregua y paz” que firmaron el gobierno colombiano y las FARC el 28 de marzo de 1984.
En el recuento, el autor explica cómo en este nuevo partido convergieron insurgentes, comunistas, artistas, sindicalistas, liberales y conservadores que buscaban reformas políticas para llegar a una paz democrática. La solución negociada incluía la participación política del nuevo partido, que en sus primeras elecciones logró 14 congresistas, 18 diputados y 335 concejales en todo el país. Esto convirtió a la UP en un claro contendor para los partidos políticos tradicionales.
A pesar del respaldo ciudadano, entre 1985 y 1988 se cometieron 630 homicidios contra miembros de la UP y se rompió el acuerdo entre el gobierno y la guerrilla. Después de toda la estela de violencia y del asesinato de dos de los candidatos presidenciales del partido, la Corte Constitucional expidió una sentencia donde ordenaba al sistema de justicia investigar y sancionar a los responsables. Algunos pronunciamientos de la Defensoría del Pueblo y la indignación de algunos sectores de opinión fueron la respuesta, pero los asesinatos continuaron.
En 1993, varias ONG entablaron una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en representación de la UP. El proceso avanzó y en 1997 la CIDH admitió la demanda; en 1999 los demandantes y el Estado colombiano firmaron un acuerdo para una solución amistosa y acordaron aclarar los hechos.
En 2002, el Consejo Nacional Electoral le quitó la personería jurídica a la UP por no haber reunido el mínimo de votos para seguir existiendo como partido. En 2006, la solución amistosa se fue a pique y las ONG siguieron registrando homicidios, desaparición forzada y atentados en contra de personas vinculadas a la UP hasta el año 2007.
El autor concluye que el caso de la UP ha sido “ignorado por la institucionalidad y desconocido por la sociedad en general” y que estas omisiones se oponen a la preservación de la memoria de un actor político de la historia del país.

Las lecciones

Manifestaciones en Bogotá por víctimas del genocidio a la UP.
Manifestaciones en Bogotá por víctimas del genocidio a la UP.
Foto: Secretaría General de Bogotá
El método de narración del libro sirve para conmover y demostrar el terror de la violencia política y sus motivos. Es una estrategia retórica útil, en particular para un caso que ha sido negado e ignorado durante tantos años. Su poder se revela cuando, al terminar el libro, el prólogo y la introducción parecen tímidos frente a los testimonios de las víctimas.
El autor concluye que el caso de la UP ha sido “ignorado por la institucionalidad y desconocido por la sociedad en general”.
El baile rojo tiene la virtud de ser un documento producido por un ejercicio de memoria propia cuando la memoria oficial no quiso reconocer la historia. El uso de los “documentos vivos” como herramienta de la memoria es novedoso, interesante y emocionalmente contundente. Sin embargo, aunque conmueve y apela a la empatía de quienes no han sido víctimas directas al mostrar la crudeza de la violencia, deja la impresión de que es de baja magnitud y que los casos han sido pocos.
Aún más complicado: nos deja perplejos, sin alternativas para evitar que estos episodios se repitan y con la pregunta de cómo explicar y demostrar el patrón sistemático en otros casos, como el actual. Estas preguntas son importantes justo ahora, cuando vemos caer cada día a un líder que, creyendo en el proceso de paz y en el famoso posconflicto, sigue luchando por sus derechos a la tierra y a la paz.
La memoria histórica tiene una doble función. Por un lado, construir narrativas sobre el pasado. Por otro lado, contribuir a evitar la repetición de los hechos. En este sentido, El baile rojo es un documento que uno debería tener siempre a la mano en Colombia porque la violencia contra quienes se salen del molde de los partidos políticos y los privilegios de clase nunca ha cesado.
El lema “basta ya” que ha acompañado los reclamos frente al asesinato de nuestros líderes sociales debe complementarse con un “nunca más” que venga de los ejercicios de memoria histórica sobre los muertos que hemos dejado en nuestras múltiples guerras. De lo contrario, dará igual entender los motivos de la violencia y solo nos estaremos resignando a aceptar los hechos.

* Estudiante de doctorado en Sociología de la Universidad de Wisconsin-Madison.

¿Legitimar jurídicamente la mala fe?

viernes, octubre 28, 2016 Add Comment
26 OCT 2016 - 10:47 PM
Después del triunfo del No en el plebiscito

¿Legitimar jurídicamente la mala fe?

Análisis de por qué las mentiras de la campaña del No dejan sin legitimidad jurídica al Centro Democrático para participar en un consenso nacional.
Por: Clemencia Hoyos Hurtado*

Alejandro Ordóñez y Álvaro Uribe en una manifestación en Barranquilla promoviendo el voto por el No. / Archivo

El Centro Democrático (CD) no está legitimado jurídicamente para presentar propuestas en un consenso nacional para la paz porque actuó de mala fe en la campaña que adelantó para promover que se votara No en el plebiscito. (Lea: La cuestionable estrategia de campaña del No)
La prueba por excelencia de esa actuación de mala fe es la entrevista que Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del No, concedió al periódico La República, en la que afirmó que el objetivo no fue explicar los acuerdos sino hacer que la gente votara “verraca” y refirió detalladamente a cómo se diseñaron los mensajes en forma estratificada. Por lo demás, la entrevista no hizo más que confirmar la manera como se adelantó la campaña, de tal suerte que, en varias ocasiones, el equipo negociador solicitó públicamente que el debate fuera sin mentiras ni engaños. (Lea: Juan Carlos Vélez, el uribista que destapó la controvertida estrategia con que ganó el No)
Al obrar de mala fe, el Centro Democrático violó los artículos 83 y 95 de la Constitución Política y un principio general de derecho, a saber: “A nadie se le debe permitir beneficiarse de su propia transgresión”.
Veamos cada una de las violaciones:
Primera violación: la buena fe.
“Las actuaciones de los particulares y de las autoridades públicas deberán ceñirse a los postulados de la buena fe”; así lo señala expresamente el artículo 83 de la Carta magna. La buena fe es un principio ético que ha sido incorporado como norma al derecho colombiano; obliga a actuar con lealtad, transparencia y a no defraudar la confianza de los demás; se desarrolló desde el derecho romano en materia de contratos y, actualmente, es consagrado expresamente en la Constitución y en los códigos Civil y de Comercio; la jurisprudencia de la Corte Constitucional, del Consejo de Estado y de la Corte Suprema de Justicia ha hecho abundantes desarrollos y aplicaciones de este principio que se erige, además, como una barrera al abuso del derecho (artículo 95 de la Constitución).
Segunda violación: no abusar de los propios derechos.
El deber de “no abusar de los propios derechos” y respetar los ajenos está consagrado explícitamente en el artículo 95 de la Constitución. El abuso del derecho tuvo sus primeros desarrollos en la Corte Suprema de Justicia, en el año 1935. Consiste, fundamentalmente, en que, aun si una acción es permitida por una norma, al contrariar la buena fe, se convierte en conducta injustificada. Dijo la Corte, en su momento, que los derechos deben ser ejercidos no sólo sin perjuicio de los demás, sino también con la intención de no dañar con un fin lícito y moral simultáneo. (En CCC. Ed. Temis, 1972, pag. 26 S.F.T.).
El Centro Democrático abusó del derecho de hacer propaganda al emplear medios que tenían como finalidad engañar sobre los verdaderos contenidos del “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” y ahora pretende aprovecharse de su conducta inconstitucional para participar como un actor legítimo en un consenso nacional.
Tercera violación: beneficiarse de su propia transgresión.
“A nadie se le debe permitir beneficiarse de su propia transgresión”: “nemo auditur propriam turpitudinem allegans”. Este principio se encuentra consagrado en el artículo 83 de la Carta magna, que obliga, como ya se dijo, a actuar de buena fe; como lo estableció la Corte en la sentencia C-083 de 1995 con ponencia del Magistrado Carlos Gaviria Díaz, “¿Hace parte del derecho colombiano la regla nemo auditur propriam turpitudinem allegans?. Es claro que su formulación explícita no se halla en ningún artículo del ordenamiento colombiano. Pero ¿significa eso que no hace parte de él y, por tanto, que si un juez la invoca como fundamento de su fallo está recurriendo a un argumento extrasistemático? No, a juicio de la Corte, por las consideraciones que siguen...”.
Este principio tiene íntima relación con el abuso del derecho. La Sentencia T-213-08 así lo señaló: “La Corte Constitucional ha mantenido una orientación jurisprudencial, respecto de la figura que se analiza (“nemo auditur propriam turpitudinem allegans”) en diversas providencias, lo cual se justifica en la prohibición general de abusar del derecho propio como forma de acceder a ventajas indebidas o incluso INMERECIDAS dentro del ordenamiento jurídico.” (mayúsculas del texto original).
En síntesis, se reitera que el Centro Democrático, como organización partidista, ha violado la Constitución política y, por tanto, está deslegitimado jurídicamente para participar como actor en un consenso nacional; aunque una eventual responsabilidad administrativa o penal sea individualizada, las demás consecuencias jurídicas son imputables a la organización partidista, dotada de personalidad jurídica.

* Abogada de la Universidad de Antioquia. Master of Laws, Columbia University. Ex Vicedecana Facultad de Derecho U de A. Ex Secretaria General U. de A.
Artículo de opinión y judicial para El Espectador. JUDICIAL 

Lo que nos espera si gana el Sí

viernes, septiembre 30, 2016 Add Comment
Por:  Samuel Rosales Ucrós*
“Soy uribista hasta los tuétanos. Me gusta Uribe, porque fue el presidente que logró poner en su sitio a todos esos bandidos de las Farc. Simpatizo con él porque tiene carácter y grandeza: no por nada lo eligieron el Gran Colombiano en un reality de TV. Y como yo, hay millones de personas que piensan igual. Es, sin duda, el expresidente más popular de la historia de este país: arrastra gente, tiene credibilidad, es dueño de un carisma incomparable. Por eso estoy muy preocupado porque, según él, los acuerdos de paz ponen en riesgo la democracia: para empezar, si se aprueba el plebiscito éstos entrarán a formar parte del bloque de constitucionalidad. Y hay una cosa aún más alarmante: le abren las puertas a que las Farc, esa guerrilla impopular y asesina, accedan al poder.”
“Pero un momento, un momento: soy uribista, sí, pero también se supone que soy un Homo sapiens, es decir un hombre que piensa y razona. En consecuencia, voy a hacerme una pregunta: si en ninguna parte de los acuerdos se cambia el sistema electoral del país ¿cómo es que el expresidente más popular de la historia de Colombia, el carismático imbatible, el que goza de mayor credibilidad, no sólo no maneja el país, sino que con todos esos recursos ha sido derrotado en las últimas tres elecciones, y en cambio sí podrían acceder al poder total las Farc, un grupo guerrillero que, como yo mismo anoté, es impopular a morir y nadie le cree nada?”.

Bueno, infortunadamente el mundo no funciona así como en los dos párrafos de arriba. Mucho menos Colombia. Y esa es la razón por la que en cerebros de 1.200 centímetros cúbicos de volumen bailen al mismo compás esas flagrantes contradicciones y ese tipo de disparates. Es lo que el psicólogo León Festinger llamó “disonancia cognitiva”, y consiste en tratar de reducir la tensión mental entre dos cogniciones (ideas, conocimientos, creencias, opiniones, apetencias) que se contradicen entre sí, eliminando o reduciendo la contradicción. Para el caso: un uribista adora a Uribe, pero no está dispuesto a reconocer que ese ser a quien idolatra, y en quien ha depositado tantas confianza y esperanzas, lo haya engañado. Entonces renuncia a usar el pensamiento lógico, y se limita a repetir sandeces.

Eso explica por qué tanta gente cree que si gana el Sí no solo nos gobernarán las Farc, sino que además Colombia se transformará en otra Venezuela y al cabo de unos meses o años no tendremos papel higiénico. Quienes así piensan, han renunciado a considerar el hecho de que para cada efecto debe necesariamente existir una causa. Si las Farc aceediesen al poder ejecutivo, por ejemplo, es porque alguno de sus miembros fue elegido presidente popularmente, puesto que así funciona nuestro sistema electoral, y los acuerdos no cambian esa situación. Pero la probabilidad de que eso ocurra es mínima, porque los niveles de popularidad de las Farc son ínfimos. Eso no sólo lo sabe un uribista, sino que es uno de sus alegatos habituales en contra del proceso. Sin embargo, el miedo o la vergüenza de saberse engañado hacen que esa causa -que un candidato impopular tenga que ser elegido popularmente- desaparezca, y sólo quede el efecto -que llegará a ser presidente-.

Sí, ya sé: las Farc tienen dinero en cantidades industriales, lo cual es suficiente para comprar unas elecciones. Ese argumento, no obstante, no tiene en cuenta el hecho de que, en ese orden de ideas, antes de los acuerdos las Farc no sólo tenían el mismo -o quizás más- dinero suficiente para montar en la presidencia a una de sus fichas civiles, sino que también tenían la ventaja adicional de las armas, que ya no tendrán en las próximas elecciones presidenciales. De nuevo la disonancia cognitiva no le permite a uno de esos fanáticos a ultranza del No hacer un análisis objetivo de la cuestión.

Entonces, nada indica que de ganar el Sí se vislumbre en el futuro cercano un gobierno socialista (o por lo menos nada distinto de lo que ocurriría de ganar el No). Nada indica tampoco que nos convertiremos en la próxima Venezuela, ni que empezarán a escasear los productos de primera necesidad.

Así que, amigo uribista, compatriota simpatizante del No, relájese: aparte de que todos los seres humanos somos víctimas de la disonancia cognitiva (y por lo tanto usted no tiene nada de qué avergonzarse), el único cambio significativo que traerá la refrendación de los acuerdos, lo que en realidad nos espera si gana el Sí, es el hecho nada despreciable de que la guerra más perdurable de América, librada entre el Estado colombiano y la guerrilla más numerosa y antigua del continente, habrá por fin terminado.

Piénselo, razónelo. Usted es un Homo sapiens. Acéptese ese reto.

*Samuel Rosales Ucrós septiembre 29, 2016 especial para www.eldiabloviejo.com
http://www.eldiabloviejo.com/site/pame/lo-que-nos-espera-si-gana-el-si/

El temor a la gente demasiado buena

sábado, agosto 13, 2016 Add Comment

Moisés Wasserman*
Asustan quienes están convencidos de una verdad que no conciben que pueda ser discutida. Ese sentimiento de superioridad moral está en la psicología de los individuos que han producido los peores males.
Hay una palabra inglesa que me hace mucha falta en el español: 'self-righteousness'. He buscado inútilmente en muchos diccionarios. Algunos la traducen como ‘fariseísmo’, pero no es lo mismo. Toca explicarla en lugar de traducirla: es el sentimiento de superioridad moral derivado de la convicción de que las propias creencias o afiliaciones son más virtuosas que las de los demás.


No es un fenómeno nuevo, pero va en aumento y es peligroso porque ese sentimiento de superioridad moral está en la psicología de los individuos que han producido los peores males. Porque los muy malos, los malos que han tenido efectos catastróficos, han actuado pensando que son extremadamente buenos, que sus fines son altamente morales y que en su nombre se puede hacer cualquier cosa.



Hitler no se veía a sí mismo como un asesino sino como el salvador que iba a construir, con un ‘hombre superior’, un imperio de mil años; se veía defendiendo la pureza de una raza y la dignidad de un pueblo. Stalin sentía que era el defensor de los oprimidos por quienes no importaba oprimir a otros. Mao purificó la moral revolucionaria matando a unos diez millones de cultivadores, traficantes y consumidores de opio. Nuestras guerrillas se han negado a pedir perdón abiertamente porque están convencidas de que la motivación de sus crímenes es altruista. Hasta los simples asesinos a veces lo creen. David Buss, en un metaestudio del 2005, sobre 5.000 asesinatos horrendos, concluyó que la gran mayoría de esos criminales se veía moralmente superior a sus víctimas.



Las religiones han sido la mata del 'self-righteousness'. Historias tremendas en la Biblia muestran que para los poseedores de la verdad la crueldad es un evento menor. La Santa Inquisición, para la salvación eterna de las almas, no veía problema en martirizar los cuerpos. Boko Haram muestra orgulloso las fotos de los cientos de niñas cristianas secuestradas: las presenta como salvadas para la fe verdadera. En su visión, no fueron vendidas a viejos lascivos sino que se les aseguró una unión marital virtuosa.



Por eso me asustan las personas demasiado buenas. Asustan quienes están tan convencidos de una verdad que no conciben que pueda ser discutida. Quienes desprecian desde su altura moral a esos pobres despistados no iluminados. Esas personas demasiado buenas están en la derecha, en la izquierda y en el verde, sentadas muy alto en sus tronos. No quiero decir que se vayan a convertir en criminales, pero sí que están generando una intolerancia con altos costos para los individuos y que mantiene a la sociedad en un estado permanente de crispación y parálisis.



Lo que más asusta es que es fácil caer en el 'self-righteousness'. Es muy cómodo pertenecer al equipo de la verdad. Basta con un bautizo para estar en lo correcto, para no tener que dudar. Yo confieso que caí cuando joven, hasta llegué a afirmar que las noticias que nos llegaban acerca de los gulags no eran más que propaganda del imperialismo. Ahora debo hacerme revisiones periódicas para evitar recaídas. Hay algunos métodos que permiten reconocer el peligro: no basta saber de quién proviene una idea para estar automáticamente de acuerdo con ella, ni hay que negarse sistemáticamente a escuchar lo que dice alguien no alineado. Pero el síntoma que más debe preocuparlo a uno es cuando, mirándose al espejo, se le escurren lágrimas de ternura ante tanta bondad.



Prefiero a las personas llenas de dudas. Me gustan quienes buscan soluciones y consideran diversas opciones, quienes piensan con independencia. Está bien que tengan convicciones, pero que se atrevan a someterlas a prueba. Por eso me gusta más la gente sensata y razonablemente buena que la demasiado buena.



Moisés Wasserman

Bioquímico y académico, profesor emérito de la Universidad Nacional. Fue director del Instituto Nacional de Salud y presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Ejerció como rector de la Universidad Nacional de Colombia entre el año 2006 y el 2012.

* Original publicado en El Tiempo 12:19 p.m. | 29 de abril de 2016. http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-temor-a-la-gente-demasiado-buena-moises-wasserman-columna-el-tiempo/16576439.


Aliviar la angustia de un niño

jueves, agosto 11, 2016 Add Comment
Por Carlos E. Climent*

La función fundamental de una sociedad justa es hacer respetar los derechos fundamentales del niño.




En Colombia el maltrato infantil, con sus consecuencias devastadoras y de muy largo plazo sobre la integridad psicológica de las víctimas, ha adquirido características epidémicas. Por fortuna todas las alarmas están prendidas y se está empezando a mirar con detenimiento, una situación frente a la cual la sociedad no se había inmutado.


La primera responsabilidad de que tal aberración siga sin control es la misma sociedad que hipócritamente se alía a una justicia simplista que dilata decisiones. En el entretanto, los niños siguen siendo abusados por uno de los progenitores que se aprovecha, por cualquier razón personalista, de tan perversa alianza.

Las razones del maltrato son variadas e incluyen, entre otras, la ignorancia, los trastornos mentales de los progenitores y las frustraciones diversas que se descargan contra el niño. Sin olvidar que no pocos padres lo hacen por simple maldad, como aquellos que utilizan al niño como arma de agresión o extorsión en contra del cónyuge.

Las maneras en las cuales un niño puede ser sometido a maltrato son infinitas.

Van desde las más comunes, que son las variedades psicológicas encubiertas, a las más evidentes, como el maltrato físico que deja marcas. Entre esos dos extremos hay un sinfín de alternativas que dependen de la también infinita imaginación de la mente perversa.

En los casos de conflictos de pareja, cuando hay un supuesto maltrato y se está tratando de definir la custodia de los hijos, la justicia encuentra serias dificultades para asignársela al hombre porque priman los derechos de la madre. Y porque casi sin excepción ha sido el hombre el gran depredador. Los maltratadores de niños, al igual que los acosadores, los violadores y los asesinos de mujeres son hombres en su inmensa mayoría.

Pero ese no es siempre el caso pues hay evidencias abundantes sobre la forma como, a manos de la madre, se suceden casos de maltrato hacia sus propios hijos que pasan desapercibidos pues se justifican por las variadísimas formas que conllevan desamor. Como por ejemplo los planes disciplinarios rígidos con el pretexto de "una correcta educación" o las formas sutiles de desinterés.

Este es uno de los casos más difíciles de identificar y por tanto de evitar o intervenir terapéuticamente, porque si es una madre astuta quien ejerce el maltrato, lo hace de una manera disimulada. A ella la protege la justicia porque asume que el maltratador siempre es el hombre.
Si bien cada vez hay más casos donde se logra señalar a la madre como la depredadora, la gran mayoría de ellos probablemente siguen a la sombra pues la tendencia de las autoridades de familia es a conceder automáticamente el beneficio de la duda a la madre simplemente por esa condición y por supuesto por ser mujer.

Lo que debe primar por encima de todas las consideraciones, y de la palabra de los adultos, debe ser la palabra del niño, pues uno de los deberes más sagrados de los adultos, sean progenitores, jueces o abogados, es aliviarle la angustia al niño.

Dirección web fuente:

*Carlos Clíment, es médico de la Universidad del Valle y psiquiatra de la Universidad de Harvard. Director del Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Valle. Es autor de varios libros entre los que recuerdo "La locura lúcida", y frecuente colaborador en los periódicos de mayor circulación del país.

Artículo recomendado por la Fundación Afecto. www.afecto.org.co